
Sonó un teléfono móvil, le pertenecía, hurgó en la mochila, lo sacó y contestó. ¡Su voz! ¡Ah, pero qué voz! Una voz sumamente agradable, de tono melódico, de esas que si vuelves a escuchar de inmediato reconoces. Mientras hablaba por teléfono me miraba constantemente, sonreía y he de admitir que estuve a punto de sonrojarme, al notarlo volteó hacia la ventanilla, haciendo como si observase el paisaje cuando realmente me observaba por el rabillo del ojo.
Llegó el momento de bajar del colectivo, llegué a mi destino ¡Demonios! -Me dije- ¿Debería preguntar su nombre? Muy tarde -Pensé- me estoy acercando a la puerta ¡momento! también baja aquí. Puesto que ya estoy en la puerta tengo el tiempo suficiente para preparar al menos un hola. Se detuvo el tiempo (y el camión también), descendí, dí un par de pasos para no estorbar a quiénes bajaban. Respiración, suspiros, sudor en las manos, respiración. Al voltear ya no estba. Miré entre la gente que caminaba, tal vez estaba ahí, no era así. El semáforo en rojo. El tránsito parado. Tal vez cruzó la calle. Busqué. Puestos. Gente. Carros. Ruido. No estaba. Se había ido. Desapareció.
El hecho de que haya sucedido el día en el que me cuestioné sobre si debo quitarme o no el bigote me hace sospechar que no se me ve tan mal. Creo que lo dejaré crecer. Por otro lado, en esta ciudad de veinte millones de habitantes es complicado encontrar a alguien de quién no se sabe el nombre o se tiene una foto y aún más complicado es si se le ha visto en un colectivo que se tomó en Coyoacán. Me dejaré el bigote.
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