En aquellos días El Ídolo estaba solo, lo cual era bastante extraño para la naturaleza sensual que lo caracterizaba. Tomaba su tiempo, eso decía, cansado de los placeres mundanos y siempre vacíos que lo rodeaban, pues así era la vida de un ídolo: vacía.
El verano se desvanecía poco a poco y el fuego se apoderaba lentamente de los campos del sur, y precisamente así, lentamente, El Ídolo perdía su encanto. Sus mejores años, aquellos en los que se había encontrado rodeado de las más hermosas mujeres de la región se alejaban a pasos agigantados y no quedaban más que en su memoria, ahora, le costaba más trabajo conseguir mujeres hermosas, quizás por esa razón dejaba de encontrarle lo placentero a su vida de galán.
Nunca había amado realmente, bueno, sí, solo a ella, a la chica de ojos verdes; inigualable, improbable y casi tan invisible cómo el mismo Ídolo era en este momento de la historia. Hacían ya varios veranos, más de los que el Ídolo quisiera admitir que habían pasado realmente, seguramente por la vanidad con la que vivía. En cambio, el Ídolo había sido amado por una veintena de mujeres y quizás también un par de varones, cómo podemos recordar, pero eso no es lo que nos atañe en este momento, a pesar de haber estado rodeado de tantos amantes, el Ídolo nunca tuvo el valor de amar, el decía que amar era para gente estúpida e ignorante, el no era digno de amar, más sin embargo, el vivía para ser amado, ahora, entrando al otoño de su vida, el Ídolo se arrepentía de su ignorancia y estupidez, pues de haber sido un poco inteligente habría demostrado que correspondía al amor de la chica de los ojos verdes, ahora tan lejana y ajena.
Así era El Ídolo: galán, seductor y decadente, claro, no olvidemos que también era estúpido.
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